El viaje de Calpurnia hacia la ciencia
domingo, 29 de noviembre de 2015
QUERIDO DIARIO
Querido diario, ¡no te puedes
imaginar lo que me pasó ayer! Me encontraba en mi habitación, intentando acabar
con los dichosos calcetines de puntilla para mi padre, cuando el señor Fleming llamó
a la puerta diciendo que traía un telegrama. Qué curioso, pensé, la gente solo
usa telegramas cuando quieren anunciar algo importante. No te lo puedo negar, me
ilusioné pensando que era la respuesta de Wichita que tanto tiempo había esperado,
a lo mejor estaba a punto de saber si el abuelito y yo habíamos descubierto una
nueva especie de algarroba.
Me dirigí hacia la puerta tan rápido como pude, y ahí estaba él. El señor Fleming me dijo que tenía un telegrama para el señor Tate, mi padre, y que venía de Washington, el mundo se me cayó encima. Le pregunté si mi padre conocía alguien en Washington y por suerte para mí, el señor Fleming me aclaró que el telegrama iba dirigido a mi abuelo. Me emocioné tanto que deje de lado mis modales soltándole un “¡deme ese telegrama!”, pero no podía recoger yo la carta, tenía que hacerlo mi abuelo. Viola y mi madre que se había acercado a observar lo que estaba pasando, dijeron que el abuelito se había ido a recoger especímenes y no sabían dónde estaba, pero yo si. Fui corriendo al río, al acantilado sobre la isla y al embalse de la limpiadora, pero no estaba en ninguno de estos sitios. El abuelo se había ido en busca de especímenes sin mí. Me desmoroné, solo quería llorar, seguro que se había cansado de mí. Seguro que desde que empecé con la ciencia supo que este mundo no era para mí. En ese momento me di cuenta, hace unos meses me animó para que aprendiera a cocinar y a tejer y hace pocos días no me consoló cuando mamá me regalo La ciencia de las amas de casa. Pensé que era patética, pensaba que podría cambiar el mundo pero lo único que conseguí fue hacer el idiota, supongo que al fin y al cabo mi lugar en el mundo era ser ama de casa. Volví a casa, hecha un mar de lágrimas. Cuando llegué Viola comentó que el abuelo estaba en el laboratorio, lo que me hizo sentir peor, no estaba recolectando sin mí, sino que estaba investigando sin mí. Cuando le revelé la noticia, que tantas emociones había causado en mí, ni se inmutó. A medida que íbamos avanzando hacia donde estaba el señor Fleming me iba poniendo más nerviosa. El señor Fleming le entregó el telegrama y nos dirigimos hacia la biblioteca. El abuelito me hizo leer el telegrama, estaba nerviosa, quería hacerlo lo mejor posible, así que me dispuse a leer. El telegrama decía que habíamos descubierto una nueva planta así que como tal, debíamos ponerle un nombre, en el mismo telegrama ya nos sugerían uno. Al acabar, el abuelito no dijo nada, es más, cambió de tema al escuchar la melodía que Harry tocaba en el salón. Sorprendida le pregunté por el telegrama, me contestó diciendo que no se lo esperaba, que pensaba que moriría antes de saber la respuesta, seguidamente me abrazó y me besó.
Viola tocó el gong lo que significaba que debíamos ir a cenar. No era ni mucho menos lo que esperaba, no había ni pasteles, ni celebraciones, ni serpentinas. Al acabar de la cena, el abuelo se levantó y propuso un brindis, en nuestro honor, al final añadió que nada de esto hubiera ocurrido si no hubiese sido por mí, eso provocó en mí una inmensa felicidad, me daba igual que mis hermanos estuvieran echando chispas, ese fue el mejor momento de toda mi vida.
Me dirigí hacia la puerta tan rápido como pude, y ahí estaba él. El señor Fleming me dijo que tenía un telegrama para el señor Tate, mi padre, y que venía de Washington, el mundo se me cayó encima. Le pregunté si mi padre conocía alguien en Washington y por suerte para mí, el señor Fleming me aclaró que el telegrama iba dirigido a mi abuelo. Me emocioné tanto que deje de lado mis modales soltándole un “¡deme ese telegrama!”, pero no podía recoger yo la carta, tenía que hacerlo mi abuelo. Viola y mi madre que se había acercado a observar lo que estaba pasando, dijeron que el abuelito se había ido a recoger especímenes y no sabían dónde estaba, pero yo si. Fui corriendo al río, al acantilado sobre la isla y al embalse de la limpiadora, pero no estaba en ninguno de estos sitios. El abuelo se había ido en busca de especímenes sin mí. Me desmoroné, solo quería llorar, seguro que se había cansado de mí. Seguro que desde que empecé con la ciencia supo que este mundo no era para mí. En ese momento me di cuenta, hace unos meses me animó para que aprendiera a cocinar y a tejer y hace pocos días no me consoló cuando mamá me regalo La ciencia de las amas de casa. Pensé que era patética, pensaba que podría cambiar el mundo pero lo único que conseguí fue hacer el idiota, supongo que al fin y al cabo mi lugar en el mundo era ser ama de casa. Volví a casa, hecha un mar de lágrimas. Cuando llegué Viola comentó que el abuelo estaba en el laboratorio, lo que me hizo sentir peor, no estaba recolectando sin mí, sino que estaba investigando sin mí. Cuando le revelé la noticia, que tantas emociones había causado en mí, ni se inmutó. A medida que íbamos avanzando hacia donde estaba el señor Fleming me iba poniendo más nerviosa. El señor Fleming le entregó el telegrama y nos dirigimos hacia la biblioteca. El abuelito me hizo leer el telegrama, estaba nerviosa, quería hacerlo lo mejor posible, así que me dispuse a leer. El telegrama decía que habíamos descubierto una nueva planta así que como tal, debíamos ponerle un nombre, en el mismo telegrama ya nos sugerían uno. Al acabar, el abuelito no dijo nada, es más, cambió de tema al escuchar la melodía que Harry tocaba en el salón. Sorprendida le pregunté por el telegrama, me contestó diciendo que no se lo esperaba, que pensaba que moriría antes de saber la respuesta, seguidamente me abrazó y me besó.
Viola tocó el gong lo que significaba que debíamos ir a cenar. No era ni mucho menos lo que esperaba, no había ni pasteles, ni celebraciones, ni serpentinas. Al acabar de la cena, el abuelo se levantó y propuso un brindis, en nuestro honor, al final añadió que nada de esto hubiera ocurrido si no hubiese sido por mí, eso provocó en mí una inmensa felicidad, me daba igual que mis hermanos estuvieran echando chispas, ese fue el mejor momento de toda mi vida.
jueves, 26 de noviembre de 2015
EL COMIENZO DE LA IMAGINACIÓN
En
1899 ya habíamos aprendido dominar la oscuridad, pero no el calor de Texas. Nos
levantábamos de noche, horas antes del amanecer para ir a trabajar. Éramos cinco
en la familia así que nuestros padres nos hacían trabajar a mí y a mis dos
hermanos para poder mantenernos. Tenía doce años, por lo tanto era la pequeña
de mis hermanos. Teníamos un pequeño negocio de
comercio de pescado. Mis hermanos, Bill y Alan siempre salían a pescar,
aunque casi no dormían a mí me encantaba acompañarlos así que siempre iba con
ellos.
Esa
noche no fue diferente, nos levantamos a las 4 de la mañana para estar listos a
las 5 con el barco. Salíamos a esa hora para ser los primeros en pescar. Ese
día hacia un poco de viento y estaba un poco nublado, pero no le dimos
importancia, ya que lo que más importaba era pescar. Salimos con nuestro
pequeño velero a surcar los mares de Texas. Todo era normal hasta que vimos
como las nubes iban inundando el cielo. Empezó a llover muy fuerte, se
convirtió en tormenta, había mala mar, las olas sacudían el barco muy fuerte, y
estaba muy asustada, Bill y Alan me tranquilizaban diciéndome que no pasaría
nada, pero tenía un presentimiento. Poco después una ola sacudió tan fuerte el
barco que hizo que me cayera por la borda, yo gritaba e intentaba nadar pero
las olas eran muy grandes y poco a poco me iban desplazando de aquel pequeño
velero…
Me
despierto por unos golpecitos en mi cara y lo primero que veo son las caras de
mis dos hermanos mayores. Ya es de día y el sol resplandece, no estoy muy
segura de lo que acaba de pasar, pero estamos en el puerto y estoy toda mojada.
Mis hermanos al ver que estoy despierta se tiran sobre mí para abrazarme. Poco
después me explican lo que había sucedido, algunas horas atrás. Estaba a punto
de ahogarme cuando Bill se tiró al mar a rescatarme, y entre los dos me
trajeron hasta el puerto. Al escuchar esa historia me emocioné y pensé en lo
maravillosos que son mis hermanos y que sin ellos mi vida no sería la misma.
YO AUTORA
Me presento, soy Jacqueline Kelly
es la autora del libro La evolución de Calpurnia
tate. Nací hace cincuenta y un años, concretamente el dieciocho de febrero de 1964 en Nueva
Zelanda. Con pocos años me mudé al oeste de Canadá, concretamente a la isla de
Vancouver. Unos años después me volví a trasladar, pero esta vez a Texas. Desde
bien pequeña empecé a adentrarme en el mundo de la lectura, empezando por la
serie del doctor Dolittle, de Hugh Lofting o El viento entre los sauces de Kenneth Graham. A parte de la lectura
también me encantaban las ciencias, tanto que gané un premio en mi escuela.
Acabé licenciándome en biología en la
universidad de mi ciudad, El Paso y para poder cursar medicina en la
universidad de Galveston. Estuve practicando la medicina durante unos años pero
no terminó de gustarme así que volví a la universidad de Texas y me licencié en
derecho para así poder ejercer de abogada. Años después me di cuenta que lo que
realmente me apasionaba no era ni la medicina ni la abogacía, sino la
escritura.
Empecé como escritora en el año
2001, ya que publicaron mi primer relato, corto, pero para empezar estaba muy
bien, en el Mississippi review, la
verdad es que el hecho de que me lo hubiesen publicado me hacía sentir muy
orgullosa de mí misma. Años después, en el 2009 publiqué mi novela más
conocida: La evolución de Calpurnia Tate
que en 2010 fue premiada con la “Medalla Newbery”, sí, mi primera novela
premiada, no podía creérmelo, aunque gracias a esto la idea de seguir
escribiendo me ilusionaba más. Mi segunda novela fue una secuela del libro que
de pequeña tanto me gustó El viento entre
los sauces, el titulo de mi novela fue Volver
a los sauces. Hace un mes y poco más que acabo de publicar la segunda parte
del libro La evolución de Calpurnia Tate, El curioso mundo de Calpurnia Tate.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
