Querido diario, ¡no te puedes
imaginar lo que me pasó ayer! Me encontraba en mi habitación, intentando acabar
con los dichosos calcetines de puntilla para mi padre, cuando el señor Fleming llamó
a la puerta diciendo que traía un telegrama. Qué curioso, pensé, la gente solo
usa telegramas cuando quieren anunciar algo importante. No te lo puedo negar, me
ilusioné pensando que era la respuesta de Wichita que tanto tiempo había esperado,
a lo mejor estaba a punto de saber si el abuelito y yo habíamos descubierto una
nueva especie de algarroba.
Me dirigí hacia la puerta tan rápido como pude, y ahí estaba él. El señor Fleming me dijo que tenía un telegrama para el señor Tate, mi padre, y que venía de Washington, el mundo se me cayó encima. Le pregunté si mi padre conocía alguien en Washington y por suerte para mí, el señor Fleming me aclaró que el telegrama iba dirigido a mi abuelo. Me emocioné tanto que deje de lado mis modales soltándole un “¡deme ese telegrama!”, pero no podía recoger yo la carta, tenía que hacerlo mi abuelo. Viola y mi madre que se había acercado a observar lo que estaba pasando, dijeron que el abuelito se había ido a recoger especímenes y no sabían dónde estaba, pero yo si. Fui corriendo al río, al acantilado sobre la isla y al embalse de la limpiadora, pero no estaba en ninguno de estos sitios. El abuelo se había ido en busca de especímenes sin mí. Me desmoroné, solo quería llorar, seguro que se había cansado de mí. Seguro que desde que empecé con la ciencia supo que este mundo no era para mí. En ese momento me di cuenta, hace unos meses me animó para que aprendiera a cocinar y a tejer y hace pocos días no me consoló cuando mamá me regalo La ciencia de las amas de casa. Pensé que era patética, pensaba que podría cambiar el mundo pero lo único que conseguí fue hacer el idiota, supongo que al fin y al cabo mi lugar en el mundo era ser ama de casa. Volví a casa, hecha un mar de lágrimas. Cuando llegué Viola comentó que el abuelo estaba en el laboratorio, lo que me hizo sentir peor, no estaba recolectando sin mí, sino que estaba investigando sin mí. Cuando le revelé la noticia, que tantas emociones había causado en mí, ni se inmutó. A medida que íbamos avanzando hacia donde estaba el señor Fleming me iba poniendo más nerviosa. El señor Fleming le entregó el telegrama y nos dirigimos hacia la biblioteca. El abuelito me hizo leer el telegrama, estaba nerviosa, quería hacerlo lo mejor posible, así que me dispuse a leer. El telegrama decía que habíamos descubierto una nueva planta así que como tal, debíamos ponerle un nombre, en el mismo telegrama ya nos sugerían uno. Al acabar, el abuelito no dijo nada, es más, cambió de tema al escuchar la melodía que Harry tocaba en el salón. Sorprendida le pregunté por el telegrama, me contestó diciendo que no se lo esperaba, que pensaba que moriría antes de saber la respuesta, seguidamente me abrazó y me besó.
Viola tocó el gong lo que significaba que debíamos ir a cenar. No era ni mucho menos lo que esperaba, no había ni pasteles, ni celebraciones, ni serpentinas. Al acabar de la cena, el abuelo se levantó y propuso un brindis, en nuestro honor, al final añadió que nada de esto hubiera ocurrido si no hubiese sido por mí, eso provocó en mí una inmensa felicidad, me daba igual que mis hermanos estuvieran echando chispas, ese fue el mejor momento de toda mi vida.
Me dirigí hacia la puerta tan rápido como pude, y ahí estaba él. El señor Fleming me dijo que tenía un telegrama para el señor Tate, mi padre, y que venía de Washington, el mundo se me cayó encima. Le pregunté si mi padre conocía alguien en Washington y por suerte para mí, el señor Fleming me aclaró que el telegrama iba dirigido a mi abuelo. Me emocioné tanto que deje de lado mis modales soltándole un “¡deme ese telegrama!”, pero no podía recoger yo la carta, tenía que hacerlo mi abuelo. Viola y mi madre que se había acercado a observar lo que estaba pasando, dijeron que el abuelito se había ido a recoger especímenes y no sabían dónde estaba, pero yo si. Fui corriendo al río, al acantilado sobre la isla y al embalse de la limpiadora, pero no estaba en ninguno de estos sitios. El abuelo se había ido en busca de especímenes sin mí. Me desmoroné, solo quería llorar, seguro que se había cansado de mí. Seguro que desde que empecé con la ciencia supo que este mundo no era para mí. En ese momento me di cuenta, hace unos meses me animó para que aprendiera a cocinar y a tejer y hace pocos días no me consoló cuando mamá me regalo La ciencia de las amas de casa. Pensé que era patética, pensaba que podría cambiar el mundo pero lo único que conseguí fue hacer el idiota, supongo que al fin y al cabo mi lugar en el mundo era ser ama de casa. Volví a casa, hecha un mar de lágrimas. Cuando llegué Viola comentó que el abuelo estaba en el laboratorio, lo que me hizo sentir peor, no estaba recolectando sin mí, sino que estaba investigando sin mí. Cuando le revelé la noticia, que tantas emociones había causado en mí, ni se inmutó. A medida que íbamos avanzando hacia donde estaba el señor Fleming me iba poniendo más nerviosa. El señor Fleming le entregó el telegrama y nos dirigimos hacia la biblioteca. El abuelito me hizo leer el telegrama, estaba nerviosa, quería hacerlo lo mejor posible, así que me dispuse a leer. El telegrama decía que habíamos descubierto una nueva planta así que como tal, debíamos ponerle un nombre, en el mismo telegrama ya nos sugerían uno. Al acabar, el abuelito no dijo nada, es más, cambió de tema al escuchar la melodía que Harry tocaba en el salón. Sorprendida le pregunté por el telegrama, me contestó diciendo que no se lo esperaba, que pensaba que moriría antes de saber la respuesta, seguidamente me abrazó y me besó.
Viola tocó el gong lo que significaba que debíamos ir a cenar. No era ni mucho menos lo que esperaba, no había ni pasteles, ni celebraciones, ni serpentinas. Al acabar de la cena, el abuelo se levantó y propuso un brindis, en nuestro honor, al final añadió que nada de esto hubiera ocurrido si no hubiese sido por mí, eso provocó en mí una inmensa felicidad, me daba igual que mis hermanos estuvieran echando chispas, ese fue el mejor momento de toda mi vida.
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